Llaman a mi puerta,

me pregunto quién será,

es la triste Melancolía

que, como siempre, día a día,                                                             

me ha venido a despertar.

¡Qué tristeza irradia su cara,

qué amargura derrama su voz!,

su mirada es como una espada

puntiaguda y afilada

que se clava en mi corazón.

Intento apartarme de ella,

se acerca cada vez más,

¡apártate de mi lado,

que tu rostro es tan helado

que me hace hasta temblar!

Haces oscura mi casa,

haces temblar mi voz,

y la luz clara y ufana

conviertes en tiniebla extraña

y en un río de dolor.

Has venido desde lejos

para hacerme compañía,

pero tu ingrata presencia

me hace sentir más ausencia

y me llena de agonía.

Si tú te acercas, yo me alejo,

si tú vienes, yo me voy,

no intentes seguirme,

enemiga, que tú envidias a Alegría

y le arrebatas su primor.

¡Hasta nunca, mujer astuta!,

tú te quedas,  yo me voy,

te voy a encerrar en mi casa

para no sentir cuando me hablas

esa horrible sensación.

Por fin me he librado de ella,

he escapado por el balcón,

en esta inmensa arboleda

las tristezas y las penas

ya no le cantan al corazón.

Miro hacia arriba, veo el cielo,

en un árbol, un ruiseñor,

su canto es dulce y sincero

y en sus grises ojos veo

el brillo de una canción.

Es un canto de esperanza,

de vida, de ilusión,

que se pierde con el viento,

pero que pone contento

al más triste corazón.

Hay un río primoroso

con un inmenso caudal,

es el río de la vida

por donde viene Alegría

esparciendo felicidad.

Es una hermosa doncella

que me guía con fervor

y con sus manos de estrellas

me muestra la senda bella

por la que veré llegar el amor.

Entonces mi gozo será inmenso,

el deleite vendrá a mi,

y podré sentir en mi alma

que amo y que soy amada,

y seré eternamente feliz.

(Carmen Victoria)

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